¿Podemos excusar la mentira a los hijos sobre Papá Noel, Santa Claus o
los Reyes Magos apoyándonos en la idea de que queremos avivar su
imaginación y darles una infancia más feliz?
Publicado el día 17 de Diciembre del año 2012 por el profesor David Kyle Johnson en Plato on Pop,
Los padres, a menudo, sienten una punzada de culpabilidad cuando
mienten a sus hijos sobre los personajes ficticios de Navidad, como por
ejemplo Santa Claus. Pero, en su artículo “La mentira de Santa Claus: ¿Está la Navidad lastimando a nuestros niños?” (artículo en inglés), la autora Melinda Wenner Moyer,
sostiene que la mentira de Santa Claus forma parte de las mentiras
bienintencionadas o mentiras buenas. No hay necesidad de sentirse
culpable, dice, “porque los padres mienten por el bien de sus hijos”.
No estoy de acuerdo. Tenemos que prestar atención a esa punzada de
culpabilidad para mantenernos alejados de las inmoralidades y el
comportamiento potencialmente peligroso.
La primera vez que discutí sobre este tema fue en el año 2009, en un
artículo de opinión para el diario Baltimore Sun, titulado “Lo siento, Virginia…”
(artículo en inglés), sugerí que deberíamos evitar la mentira de Santa
Claus por tres razones: (1) Se trata de una mentira injustificada, (2)
se corre el riesgo de dañar la credibilidad de los padres, (3) fomenta
la credulidad y el mal comportamiento. Uno de los argumentos que la
gente expuso [en medio de una increíble cantidad de cartas llenas de
mala sangre que recibí, las cuales las pueden leer aquí (sólo en Inglés)] fue, esencialmente, el argumento que Moyerbut presenta. “La mentira de Santa Claus invita a imaginar y la imaginación es buena para los niños”. Moyerbut dice que, “lo que el personaje de Santa Claus hace… es alimentar la imaginación” y un “tipo
de juego imaginativo que despierta la creatividad, la comprensión
social e, incluso, por extraño que parezca, el razonamiento científico”.
Por supuesto, Moyerbut tiene razón en los beneficios de la
imaginación. Lo que ella (y otros que proponen argumentos similares) no
tiene en cuenta es que lo que está defendiendo, la mentira de Santa
Claus, en realidad no promueve la imaginación ni el juego imaginativo.
La imaginación implica fingir y hacer como que algo existe, para ello,
es necesario creer que ese algo en realidad no existe. ¿Acaso los
cristianos “imaginan” que Jesús resucitó de entre los muertos? ¿Los
Musulmanes “imaginan” que Mahoma montó su caballo Al-Boraq y viajó a
toda velocidad desde La Meca a Jerusalén y después ascendió al cielo?
Por supuesto que no, ellos creen que todo eso es real. Engañar a un niño
haciendo que crea que Santa Claus existe no fomenta la imaginación,
sino que la ahoga. Si realmente quiere estimular la imaginación de sus
hijos, dígales que Santa Claus o Papá Noel no existe, pero que, de todos
modos, van a jugar en Navidad a que sí.
Muchos niños juegan a ser Santa Claus, esto es algo que sí requiere
imaginación. Pero no es necesario hacerles creer que Santa Claus es real
para que jueguen de esta manera (del mismo modo que no hace falta
hacerles creer que Star Trek es real para que ellos jueguen a explorar planetas alienígenas en el patio de casa).
Moyerbut, reconoce el problema de que sus hijos podrían perder la
confianza en los padres cuando se dan cuenta de que se les ha mentido,
pero sostiene que en realidad no va a ocurrir. Cuando los niños se
enteran de la verdad, una gran mayoría es capaz de diferenciar entre las
mentiras y las mentiras bienintencionadas, y lo verán como una mentira
bienintencionada. En consecuencia, no se enfadarán, ni empezarán a
pensar que mentir es aceptable ni rechazarán sus creencias religiosas.
Aunque Moyerbut tiene razón cuando afirma que la mayoría de los niños
no sufren ningún efecto negativo al conocer la verdad, se equivoca
cuando afirma que ningún niño lo hace. En el artículo “Contra la mentira
de Santa Claus: La verdad que tendríamos que contarles a nuestros
hijos” (capítulo doce de la obra Navidad y Filosofía
de Scott Lowe) documento algunas historias terribles acerca del “gran
momento”, historias que demuestran que, a menudo, el descubrimiento de
la verdad sobre Santa Claus no siempre es sencillo. Así, encontramos
todo tipo de consecuencias: desde la erosión de la autoridad y confianza
en los padres hasta la conversión del niño en ateo. Por ejemplo: El
niño Jay defendió la existencia de Santa Claus frente a toda su clase,
apoyándose en que “su madre no le iba a mentir”, pero, leyendo en voz
alta la entrada de Santa Claus en la enciclopedia ante toda la clase,
descubrió dolorosamente que, efectivamente, no solo no era real, sino
que además su madre le mentía.
Cuando la pequeña Tennille descubrió la razón por la que no siempre
conseguía lo que le pedía a Santa Claus era porque él no existía, ella
interpretó que la inexistencia de Dios era lo más probable ya que sus
oraciones tampoco recibían respuesta. No estoy diciendo que esto le
suceda a todos los niños, estoy diciendo que puede ocurrir. En el caso
de los creyentes, no creo que quieran poner su fe en juego. Por
supuesto, en el caso de los ateos, no habrá ningún problema si la
mentira de Santa Claus lleva a un “despertar”.
Con todo, los ateos deberían tener aún más razones que otros para no apoyar “la mentira de Santa Claus”.
Moyerbut sugiere que Santa Claus alienta “El juego fantástico que
lleva a los niños a pensar a través de escenarios hipotéticos o
ficticios, que refuerza sus capacidades de razonamiento”. Una vez
más, no es la propia creencia de que Santa Claus existe lo que lleva a
esto. Con contar la historia, admitiendo que no es cierta, sería
suficiente, igual que hacemos con el resto de cuentos de hadas que
contamos a nuestros hijos.
Cualquier efecto positivo que pudiera tener creer en Santa Claus va a
ser contrarrestado y superado por los efectos negativos de todo lo que
es necesario hacer para mantener la creencia. No me malinterpreten, los
niños necesitan aprender cómo razonar de forma eficaz y pensar
críticamente, y aplaudo a Moyerbut por alentar a los padres a hacer
esto. Pero alentar a sus hijos a creer en la mentira de Santa Claus, es
lo último que fomenta el pensamiento crítico y el razonamiento eficaz en
los niños.
Pensemos en lo que muchos padres hacen para mantener a los niños en
esta creencia. Cuando un niño tiene dudas, los padres suelen animar al
niño a reprimir esas dudas y seguir creyendo: “solo cree lo que tu quieras creer, después de todo ¿no es más divertido?”.
A veces, recurren a las pruebas falsas (o muestran falsos documentales
“científicos” ), recurren a falsas explicaciones o, lo peor de todo,
sólo dicen que “es mágico”. Todo ello es directamente contrario
a lo que los padres, que quieran desarrollar el pensamiento crítico en
sus hijos, deben hacer. Ahogar dudas, mantener creencias solo porque se
quiere creer en ellas (en lugar de buscar la prueba), convencerse con
pruebas falsas, engañarse con explicaciones cuestionables y apoyándose
en la magia; estos son los malos hábitos de un pensamiento “pobre” que
tengo que trabajar cada semestre con mis estudiantes para alcanzar un
pensamiento crítico. Y, como es lógico, los estudiantes con más
dificultades en este sentido son aquellos que han creído en Santa Claus
durante mucho tiempo (más allá de los 8 años y, a veces, hasta la
adolescencia).
Si sus hijos creen en Santa Claus o Papá Noel o los Reyes Magos,
entonces Moyerbut tiene un consejo que suscribo: Convierta la
experiencia de descubrir la verdad en un ejercicio de pensamiento
crítico; trate de conseguir que descubran la verdad por su cuenta,
razonando.
Si todavía está pensando qué decirle a sus hijos, decántese por decirles la verdad. Después de todo, como Moyerbut dice: “A
pesar de que la mentira bienintencionada puede ser un apoyo muy
conveniente para la crianza… por lo general es mejor usarlo lo menos
posible, tanto para reforzar la confianza padres e hijos como para
predicar con el ejemplo”. ¡Tiene razón! Pero se equivoca cuando
mantiene que el período de Navidad es una excepción a esta regla. Y si
se preocupa acerca de lo que sus hijos pueden decir a otros niños, no
tiene más que enseñarles a decir la siguiente frase: “En nuestra casa,
Santa Claus es sólo ficción”.
David Kyle Johnson

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