RADIO KRIMINAL

lunes, 19 de febrero de 2018

¿Nos gobiernan enfermos mentales?

El político y psiquiatra David Owen, que fue ministro de Sanidad y de Exteriores británico, afirma que sí, que muchos de los que hoy nos gobiernan son peligrosos enfermos mentales. La enfermedad explicaría muchos de lo que al pueblo le resulta inexplicable, incluyendo las mentiras, los fracasos y las medidas contra el ciudadano, la Justicia y la razón que se están adoptando frente a la crisis.

Características generales del psicópata

Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento, por eso interactúan con las demás personas como si fuesen cualquier otro objeto, las utilizan para conseguir sus objetivos, la satisfacción de sus propios intereses. No necesariamente tienen que causar algún mal.
La falta de remordimientos radica en la cosificación que hace el psicópata del otro, es decir que el quitarle al otro los atributos de persona para valorarlo como cosa es uno de los pilares de la estructura psicopática.
Los psicópatas tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual sólo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos comunes. Sin embargo, estas personas sí tienen nociones sobre la mayoría de los usos sociales, por lo que su comportamiento es adaptativo y pasa inadvertido para la mayoría de las personas.
Además, los psicópatas tienen como característica el tener necesidades especiales y formas atípicas de satisfacerlas, que en general implican cierta ritualización. El acto psicopático hacia el otro se configura mediante la necesidad del psicópata y su código propio, que desde su punto de vista lo exime del displacer interno.
El problema de las necesidades de los psicópatas es que al no ser compartidas por el grupo, no pueden ser comprendidas ni generar empatía, por situarse fuera de las leyes de la costumbre y del bien común, aunque estas necesidades son sentidas con fuerza e impelen a la acción para el psicópata.
Además los psicópatas tienen un marcado egocentrismo, una característica que pueden tener personas sanas pero que es intrínseca a este desorden. Esto implica que el psicópata trabaja siempre para sí mismo por lo que cuando da, es que está manipulando o esperando recuperar esa inversión en el futuro.
Otra nota común es la sobrevaloración de su persona, lo que los lleva a una cierta megalomanía y a una hipervaloración de su capacidad de conseguir ciertas cosas y la empatía utilitaria, que consiste en una habilidad para captar la necesidad del otro y utilizar esta información para su propio beneficio, lo que constituye una mirada en el interior del otro para saber sus debilidades y obrar sobre ellas para manipular.
Ciertos autores de la corriente psicoanalítica suponen que la razón por la cual una persona psicópata es una persona perversa es porque se trata de sujetos cuya personalidad depende en gran medida de mantener el principio de realidad, pero careciendo de superyo. Esto hace que la persona psicópata pueda cometer acciones criminales u otros actos cuestionables con total falta de escrúpulos, sin sentir culpa.
Un psicópata puede ser una persona simpática y de expresiones sensatas que, sin embargo, no duda en cometer un delito cuando le conviene y, como se ha explicado, lo hace sin sentir remordimientos por ello. La mayor parte de los psicópatas no cometen delitos, pero no dudan en mentir, manipular, engañar y hacer daño para conseguir sus objetivos, sin sentir por ello remordimiento alguno.
A efectos penales, hace mucho que se planteó el dilema sobre si una personalidad divergente de este tipo es imputable, especialmente cuando se trata de una estructura psicótica. Debido a que el concepto de enfermedad mental quedó en desuso (ya sea personas sádicas, violadoras, estafadores, o cualquier otra actividad reprobable que desarrolle el psicópata), se tiende a sostener que le corresponde punición, dado que la persona mantiene conciencia de sus actos y puede evitar cometerlos. También influye el derecho colectivo de la sociedad a protegerse de sus acciones.
En España también se considera imputable a todos los efectos, sin que la psicopatía oficie de atenuante de delito ante el tribunal. Esto quiere decir que tienen responsabilidad y plena culpa.
Es importante saber que la psicopatía es incorregible, aunque se pueden utilizar fármacos antipsicóticos para reducir su impulsividad y rehabilitación conductual con una alta disciplina, pero las terapias de rehabilitación habituales no sólo son ineficaces, sino peligrosas. Dada su incapacidad para empatizar, y que la empatización hacia sus víctimas es el pilar principal de todo proceso de rehabilitación social por el que pasan los delincuentes, la rehabilitación de los psicópatas se está basando en el egoísmo del propio sujeto, fomentando una conducta que le reporte beneficios y evite penas.
Por citar algunos ejemplos:
  • El director general de Trabajo de la Junta de Andalucia se gastaba 900.000 euros, provenientes del dinero para luchar contra el desempleo en cocaina y en copas.
  • La saqueada CCM concedió un crédito de 50 millones a un narcotraficante para que sus envios recalaran en el aeropuerto de Ciudad Real.
  • El hijo del Presidente de la Junta de Andalucia, acusado por la Policia de formar parte de una red de blanqueo de dinero y cohecho a cambio de contratos en la Junta de Papá.
  • La familia Botín ocultaba en Suiza unos 2.000 millones de euros evadidos al fisco español.
  • El ex-ministro Pepiño recibió en mano cerca de 3 millones de euros en un maletin de la trama de su primo a cambio de contratos.
Abrimos un periódico y no tenemos más remedio que admitir que estamos siendo gobernados por delincuentes o por locos.
El trastorno psicopático produce una conducta anormalmente agresiva y gravemente irresponsable, que según el doctor Hervey Cleckley determinan una serie de características clínicas, descritas en su libro The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality, que incluyen:
  • Encanto superficial e inteligencia.
  • Ausencia de delirios u otros signos de pensamiento no racional.
  • Ausencia de nerviosismo o manifestaciones psiconeuróticas.
  • Escasa fiabilidad.
  • Falsedad o falta de sinceridad.
  • Falta de remordimiento y vergüenza.
  • Juicio deficiente y dificultad para aprender de la experiencia.
  • Egocentrismo patológico e incapacidad para amar.
  • Insensibilidad en las relaciones interpersonales generales.
  • Conducta extravagante y desagradable bajo los efectos del alcohol y, a veces, sin él.
Para el doctor Robert Hare, investigador sobre psicología criminal, los criterios que definen a la personalidad psicopática pueden evaluarse mediante una lista de 20 características denominadas Psychopathy Checklist (PCL). Estas descripciones tuvieron como base el trabajo de Cleckley para definir la psicopatía a través de una serie de síntomas interpersonales, afectivos y conductuales. Los síntomas que exhiben los psicópatas son, según Hare:
  • Gran capacidad verbal y un encanto superficial.
  • Autoestima exagerada.
  • Constante necesidad de obtener estímulos y tendencia al aburrimiento.
  • Tendencia a mentir de forma patológica.
  • Comportamiento malicioso y manipulador.
  • Falta de culpa o de cualquier tipo de remordimiento.
  • Afectividad frívola, con una respuesta emocional superficial.
  • Falta de empatía, crueldad e insensibilidad.
  • Estilo de vida parasitario.
  • Incapacidad patológica para aceptar responsabilidad sobre sus propios actos.
  • Revocación de la libertad condicional.
  • Versatilidad para la acción criminal.
Cuando Zapatero se hundía sin remedio en las encuestas, rechazado visceralmente por los españoles, le preguntaron, en una entrevista, si se sentía mal ejerciendo el poder y con millones de ciudadanos rechazándole, pero, ante la sorpresa del entrevistador, afirmó que se sentía perfectamente y que dormía a pierna suelta. Lo mismo responderían hoy Rajoy, Montoro, Luis de Guindos, Artur Mas, Dolores de Cospedal, Griñán y muchos otros políticos españoles, a pesar de que deberían sentirse muy mal ante los estragos de la crisis, los millones de desempleados y pobres que llenan las calles de España y el inmenso sufrimiento que las medidas que ellos adoptan causan a millones de españoles.
Algunos idiotas creen que ser un buen político significa poder adoptar medidas dolorosas sin que les tiemble el pulso, sin que esas decisiones les afecten, por muy duras que sean. En realidad debería ocurrir lo contrario: el mejor político es el que siente dolor con sus administrados y el que duda, medita y sufre antes de adoptar decisiones graves que conllevan sufrimiento humano. Los insensibles son enfermos o canallas que han llegado al poder, mientras que los que sufren son seres humanos decentes que merecen la confianza de sus administrados.
¿Por qué ese comportamiento extraño e insensible de los políticos ante el sufrimiento que ellos mismos provocan o que no saben mitigar? La respuesta es que muchos de los políticos que hoy gobiernan son auténticos enfermos mentales, necesitados urgentemente de tratamiento psiquiátrico intenso. Lo que Zapatero definía en su entrevista como signos de salud, son, precisamente, los síntomas más claros del “Síndrome de la Arrogancia”, la enfermedad mental que David Owen define y que reclama sea incluida, con un número propio, en el Código Internacional de Enfermedades (CIE).
Tras desempeñar cargos como el de ministro de Sanidad (1974-1976) y el de Asuntos Exteriores (1977-1979) en el Reino Unido, Owen, médico de profesión, se ha concentrado en los últimos siete años en la medicina y en la investigación del cerebro humano. Durante este tiempo, el inglés ha desarrollado una tesis sobre este “síndrome de ‘hybris'”, para él un desorden de personalidad cuyos síntomas serían el aislamiento, el déficit de atención y la incapacidad para escuchar a cercanos o a expertos. David Owen (In Sickmess and in Power, 2008) explica que el dominio del poder ocasiona cambios en el estado mental y conduce a una conducta arrogante, por lo que las enfermedades mentales necesitan una redefinición que incluya el Síndrome de la Arrogancia en el elenco mundial de enfermedades mentales.
A algunos políticos, el poder les hace perder la cabeza, los convierte en arrogantes y soberbios y les aleja de la realidad, situándolos en una peligrosa alienación que les hace perder la noción de la realidad. Pero a otros los convierte en verdaderos y peligrosos enfermos mentales, incapacitados, según Owen, para tomar decisiones y gobernar. Cuando acceden al poder se creen dioses o sus enviados en la Tierra, propician el culto a la personalidad y muchas veces se tornan crueles. Algunos creen que esa enfermedad se da únicamente en las tiranías, pero lo cierto es que también se desarrolla en las democracias, afectando a personas que han sido elegidas en las urnas. El síndrome, en los dirigentes que gobiernan las democracias, al no poder comportarse como dictadores crueles, tiene otros rasgos y manifestaciones: se sienten eufóricos, no tienen escrúpulos, no son conscientes de sus errores y fracasos y son capaces de dormir a pierna suelta (como Zapatero) sin que ni siquiera les afecte el rechazo masivo de los ciudadanos o su inmensa y aterradora cosecha de fracasos, dramas y carencias que, para cualquier persona con salud mental, resultarían insoportables. Su alienación es de tal envergadura que cometen un error tras otro, porque la capacidad de análisis no les funciona y sus decisiones y medidas son producto del desequilibrio, la soberbia y la confusión extrema.
Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar y Zapatero han sido víctimas de lo que en España llamamos el “Síndrome de la Moncloa”, un mal que aliena, atonta y aleja de la realidad a los mandatarios. Es probable que ese síndrome sea el mismo “Síndrome de la Arrogancia”, descrito por Owen.
Es evidente que un tipo que duerme a pierna suelta, a pesar del sufrimiento y del rechazo masivo de sus conciudadanos, sin que su conciencia se conmueva ante los millones de desempleados, pobres y gente infeliz que ha generado su gobierno, ha debido perder la razón y estar gravemente enfermo.
Owen dice que los enfermos que padecen el “Síndrome de la Arrogancia” no están capacitados para gobernar y ponen en grave riesgo a los países que controlan.
¿Lo padece también Rajoy? ¿Hay alguna otra forma de explicar que un político prefiera subir los impuestos hasta asfixiar a sus ciudadanos, antes que suprimir lacras injustas y contrarias a la democracia como la subvención pública a los sindicatos y partidos políticos? ¿Por que Rajoyse esconde y no da la cara ante los españoles, a los que ha vaciado la cartera? Es probable que sólo un enfermo grave sea capaz de negarse a recortar gastos gubernamentales y prefiera meterles la mano en el bolsillo a los ya esquilmados ciudadanos. Es probable que sólo un enfermo sea capaz de adoptar esas decisiones, claramente contrarias al bien común, sin sentir dolor y angustia como ser humano.
Zapatero ya está en la tumba política, curándose, tal vez, de su enfermedad, retirado de la primera línea política, pero hay otros muchos políticos españoles en activo a los que se les ve la enfermedad nada más mirarles a los ojos u observando con atención su comportamiento. Carme Chacón deja a un lado su catalanismo radical y se presenta ante el PSOE como hija de un andaluz. A su flanco, sin que le moleste, se encuentra un despilfarrador empedernido como el manchego Barreda. Rubalcaba se presenta como ajeno al “zapaterismo”,cuando ha sido su principal cómplice ¿Están locos o carecen de principios? Quizás las dos cosas, a juzgar por el aquelarre de insensateces y majaderías que ofrecen al ciudadano.
El caso más claro y evidente es el del presidente catalán Artur Mas, tan nacionalista, arrogante e insensible al sufrimiento ajeno que prefiere que algunos pacientes catalanes puedan morir por falta de atención médica, como consecuencias de los duros recortes en sanidad que ha ordenado, antes de cerrar sus innecesarias “embajadas” catalanas en el exterior.
A Artur Mas parece que no le importa lo que opinen sus administrados. Preso, probablemente, del “Síndrome de la arrogancia” se cree facultado para decidir sobre todo y optar por la política que él crea conveniente, incluso en contra de la voluntad de los ciudadanos. Es evidente que un dirigente que prefiere cerrar quirófanos a cerrar embajadas inútiles posee una inmensa y escandalosa carencia de democracia, pero es más evidente todavía que también podría padecer la enfermedad que el británico Owen ha descrito y tipificado con gran acierto. Los gobernantes valencianos parecen presos también, de la “locura de los políticos”: no han podido pagar en diciembre la Seguridad Social de sus trabajadores y han necesitado la mediación del Gobierno por el vencimiento de una deuda de 123 millones, pero se niegan a recortar en el ruinoso Canal 9 de televisión regional. De manicomio, por lo menos.
Si esos políticos enfermos estuvieran en su sano juicio, dimitirían inmediatamente, ante la evidente incapacidad psicológica para gobernar a un pueblo de hombres y mujeres libres. Deberían comprender (pero la enfermedad les impide asumirlo) que, sin el apoyo de los ciudadanos, que son los “soberanos” en democracia, un gobernante rechazado equivale a un tirano.

sábado, 6 de enero de 2018

Adiós a la mentira de Santa Claus y los Reyes Magos ..

¿Podemos excusar la mentira a los hijos sobre Papá Noel, Santa Claus o los Reyes Magos apoyándonos en la idea de que queremos avivar su imaginación y darles una infancia más feliz?
Publicado el día 17 de Diciembre del año 2012 por el profesor David Kyle Johnson en Plato on Pop,
Los padres, a menudo, sienten una punzada de culpabilidad cuando mienten a sus hijos sobre los personajes ficticios de Navidad, como por ejemplo Santa Claus. Pero, en su artículo “La mentira de Santa Claus: ¿Está la Navidad lastimando a nuestros niños?” (artículo en inglés), la autora Melinda Wenner Moyer, sostiene que la mentira de Santa Claus forma parte de las mentiras bienintencionadas o mentiras buenas. No hay necesidad de sentirse culpable, dice, “porque los padres mienten por el bien de sus hijos”. No estoy de acuerdo. Tenemos que prestar atención a esa punzada de culpabilidad para mantenernos alejados de las inmoralidades y el comportamiento potencialmente peligroso.
La primera vez que discutí sobre este tema fue en el año 2009, en un artículo de opinión para el diario Baltimore Sun, titulado “Lo siento, Virginia” (artículo en inglés), sugerí que deberíamos evitar la mentira de Santa Claus por tres razones: (1) Se trata de una mentira injustificada, (2) se corre el riesgo de dañar la credibilidad de los padres, (3) fomenta la credulidad y el mal comportamiento. Uno de los argumentos que la gente expuso [en medio de una increíble cantidad de cartas llenas de mala sangre que recibí, las cuales las pueden leer aquí (sólo en Inglés)] fue, esencialmente, el argumento que Moyerbut presenta. “La mentira de Santa Claus invita a imaginar y la imaginación es buena para los niños”. Moyerbut dice que, “lo que el personaje de Santa Claus hace… es alimentar la imaginación” y un “tipo de juego imaginativo que despierta la creatividad, la comprensión social e, incluso, por extraño que parezca, el razonamiento científico”.
Por supuesto, Moyerbut tiene razón en los beneficios de la imaginación. Lo que ella (y otros que proponen argumentos similares) no tiene en cuenta es que lo que está defendiendo, la mentira de Santa Claus, en realidad no promueve la imaginación ni el juego imaginativo. La imaginación implica fingir y hacer como que algo existe, para ello, es necesario creer que ese algo en realidad no existe. ¿Acaso los cristianos “imaginan” que Jesús resucitó de entre los muertos? ¿Los Musulmanes “imaginan” que Mahoma montó su caballo Al-Boraq y viajó a toda velocidad desde La Meca a Jerusalén y después ascendió al cielo? Por supuesto que no, ellos creen que todo eso es real. Engañar a un niño haciendo que crea que Santa Claus existe no fomenta la imaginación, sino que la ahoga. Si realmente quiere estimular la imaginación de sus hijos, dígales que Santa Claus o Papá Noel no existe, pero que, de todos modos, van a jugar en Navidad a que sí.
Muchos niños juegan a ser Santa Claus, esto es algo que sí requiere imaginación. Pero no es necesario hacerles creer que Santa Claus es real para que jueguen de esta manera (del mismo modo que no hace falta hacerles creer que Star Trek es real para que ellos jueguen a explorar planetas alienígenas en el patio de casa).
Moyerbut, reconoce el problema de que sus hijos podrían perder la confianza en los padres cuando se dan cuenta de que se les ha mentido, pero sostiene que en realidad no va a ocurrir. Cuando los niños se enteran de la verdad, una gran mayoría es capaz de diferenciar entre las mentiras y las mentiras bienintencionadas, y lo verán como una mentira bienintencionada. En consecuencia, no se enfadarán, ni empezarán a pensar que mentir es aceptable ni rechazarán sus creencias religiosas.
Aunque Moyerbut tiene razón cuando afirma que la mayoría de los niños no sufren ningún efecto negativo al conocer la verdad, se equivoca cuando afirma que ningún niño lo hace. En el artículo “Contra la mentira de Santa Claus: La verdad que tendríamos que contarles a nuestros hijos” (capítulo doce de la obra Navidad y Filosofía de Scott Lowe) documento algunas historias terribles acerca del “gran momento”, historias que demuestran que, a menudo, el descubrimiento de la verdad sobre Santa Claus no siempre es sencillo. Así, encontramos todo tipo de consecuencias: desde la erosión de la autoridad y confianza en los padres hasta la conversión del niño en ateo. Por ejemplo: El niño Jay defendió la existencia de Santa Claus frente a toda su clase, apoyándose en que “su madre no le iba a mentir”, pero, leyendo en voz alta la entrada de Santa Claus en la enciclopedia ante toda la clase, descubrió dolorosamente que, efectivamente, no solo no era real, sino que además su madre le mentía.

Cuando la pequeña Tennille descubrió la razón por la que no siempre conseguía lo que le pedía a Santa Claus era porque él no existía, ella interpretó que la inexistencia de Dios era lo más probable ya que sus oraciones tampoco recibían respuesta. No estoy diciendo que esto le suceda a todos los niños, estoy diciendo que puede ocurrir. En el caso de los creyentes, no creo que quieran poner su fe en juego. Por supuesto, en el caso de los ateos, no habrá ningún problema si la mentira de Santa Claus lleva a un “despertar”.
Con todo, los ateos deberían tener aún más razones que otros para no apoyar “la mentira de Santa Claus”.

Moyerbut sugiere que Santa Claus alienta “El juego fantástico que lleva a los niños a pensar a través de escenarios hipotéticos o ficticios, que refuerza sus capacidades de razonamiento”. Una vez más, no es la propia creencia de que Santa Claus existe lo que lleva a esto. Con contar la historia, admitiendo que no es cierta, sería suficiente, igual que hacemos con el resto de cuentos de hadas que contamos a nuestros hijos.
Cualquier efecto positivo que pudiera tener creer en Santa Claus va a ser contrarrestado y superado por los efectos negativos de todo lo que es necesario hacer para mantener la creencia. No me malinterpreten, los niños necesitan aprender cómo razonar de forma eficaz y pensar críticamente, y aplaudo a Moyerbut por alentar a los padres a hacer esto. Pero alentar a sus hijos a creer en la mentira de Santa Claus, es lo último que fomenta el pensamiento crítico y el razonamiento eficaz en los niños.
Pensemos en lo que muchos padres hacen para mantener a los niños en esta creencia. Cuando un niño tiene dudas, los padres suelen animar al niño a reprimir esas dudas y seguir creyendo: “solo cree lo que tu quieras creer, después de todo ¿no es más divertido?”. A veces, recurren a las pruebas falsas (o muestran falsos documentales “científicos” ), recurren a falsas explicaciones o, lo peor de todo, sólo dicen que “es mágico”. Todo ello es directamente contrario a lo que los padres, que quieran desarrollar el pensamiento crítico en sus hijos, deben hacer. Ahogar dudas, mantener creencias solo porque se quiere creer en ellas (en lugar de buscar la prueba), convencerse con pruebas falsas, engañarse con explicaciones cuestionables y apoyándose en la magia; estos son los malos hábitos de un pensamiento “pobre” que tengo que trabajar cada semestre con mis estudiantes para alcanzar un pensamiento crítico. Y, como es lógico, los estudiantes con más dificultades en este sentido son aquellos que han creído en Santa Claus durante mucho tiempo (más allá de los 8 años y, a veces, hasta la adolescencia).
Si sus hijos creen en Santa Claus o Papá Noel o los Reyes Magos, entonces Moyerbut tiene un consejo que suscribo: Convierta la experiencia de descubrir la verdad en un ejercicio de pensamiento crítico; trate de conseguir que descubran la verdad por su cuenta, razonando.
Si todavía está pensando qué decirle a sus hijos, decántese por decirles la verdad. Después de todo, como Moyerbut dice: “A pesar de que la mentira bienintencionada puede ser un apoyo muy conveniente para la crianza… por lo general es mejor usarlo lo menos posible, tanto para reforzar la confianza padres e hijos como para predicar con el ejemplo”. ¡Tiene razón! Pero se equivoca cuando mantiene que el período de Navidad es una excepción a esta regla. Y si se preocupa acerca de lo que sus hijos pueden decir a otros niños, no tiene más que enseñarles a decir la siguiente frase: “En nuestra casa, Santa Claus es sólo ficción”.
David Kyle Johnson

lunes, 1 de enero de 2018

AÑO NUEVO, por Antonio Gramsci (1° de enero de 1916)

Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo.
De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión. Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas.
Dicen que la cronología es la osamenta de la historia; puede ser. Pero también conviene reconocer que son cuatro o cinco las fechas fundamentales, que toda persona tiene bien presente en su cerebro, que han representado malas pasadas. También están los año-nuevos. El año nuevo de la historia romana, o el de la Edad Media, o el de la Edad Moderna. Y se han vuelto tan presentes que a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia empezó en el año 752, y que 1192 y 1490 son como unas montañas que la humanidad superó de repente para encontrarse en un nuevo mundo, para entrar en una nueva vida. Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora.
Por eso odio el año nuevo. Quiero que cada mañana sea para mi año nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me siente borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor. Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuera nueva, aunque ligada a las pasadas. Ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan. Porque han festejado los nombres de nuestros abuelos, etc., ¿deberíamos también nosotros querer festejar? Todo esto da náuseas.
Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si el socialismo crea nuevas fechas, al menos serán las nuestras y no aquellas que debemos aceptar sin beneficio de inventario de nuestros necios antepasados.